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lunes, 23 de agosto de 2021

Saigón y Kabul le han dicho al mundo que el imperialismo no es invencible



Reconocer las derrotas nunca se le ha dado a Estados Unidos. No lo hicieron cuando, en 1975, los vietnamitas ganaron una guerra genocida que les había sido impuesta desde Washington, y tampoco lo hacen ahora, cuando han tenido que salir huyendo de Afganistán, tras la entrada de los talibanes a Kabul.

Pero, más que culpar a Joe Biden por haber ordenado la salida de sus tropas de tierra afgana, el análisis tiene que partir del hecho mismo de lo ocurrido hace 20 años, cuando otro presidente, George W. Bush, ordenó invadir y ocupar a esa nación.

Las razones de la actual retirada estrepitosa hay que buscarlas en la concepción o filosofía imperial de los gobiernos estadounidenses, de aplicar las guerras donde les plazca y sin justificación alguna.

Otros culpables –también derrotados ahora– son los gobiernos que componen la OTAN, y que siguieron el impulso bélico del Pentágono, y mandaron hombres y medios de guerra, más que a combatir, a participar en la masacre en la que perecían miles de civiles, niños, ancianos, familias completas, y también miles de soldados de los allí enviados. 

Que conste que no ha sido Donald Trump el inspirador de este comentario. El expresidente de Estados Unidos acaba de arremeter contra su sucesor Joe Biden, y hasta le exigió su renuncia por la derrota sufrida en Afganistán.

Quizá Trump lo hubiese hecho peor, y fueran más las víctimas adicionales.

Además, durante la invasión y ocupación de la empobrecida Afganistán, han pasado por la Casa Blanca el iniciador de la guerra, George W. Bush (2001-2009), Barack Obama (2009-2017), Donald Trump (2017-2021), y ahora Joe Biden.

Aunque en muchos medios y sitios se replica la comparación entre lo que ocurre ahora en Kabul con lo que sucedió en abril de 1975, en Saigón, las circunstancias ni se parecen.

Más objetivo resulta destacar el valor y la entereza de los combatientes vietnamitas que, con el alto costo de más de tres millones de connacionales masacrados, o mutilados por el agente naranja, expulsaron a los agresores y ganaron la guerra.

Lo que ocurrió ahora en Kabul más bien parece un pacto anterior a la toma de la capital afgana, para que los talibanes entraran sin resistencia alguna ni enfrentamientos con un ejército entrenado por Estados Unidos.

Nadie hizo resistencia y los militares estadounidenses y de la OTAN ya estaban en planes de salida del país. Se conformaron con interrumpir la apresurada preparación de sus maletines, y tratar de abandonar aquella contienda, que siempre estuvo perdida, aunque fuera colgados de los helicópteros de rescate.

Ojalá y esta enseñanza, aunque diferente a la de Vietnam, sirva a las administraciones estadounidenses para calmar sus apetitos guerreristas, y al pueblo de ese país, para tomar conciencia y no permitir que sus hijos sean llevados a guerras de agresión, de donde muchos regresan en ataúdes.

Recordemos que en Vietnam fueron 58 159 los militares norteamericanos muertos, y otros 1 700 desaparecidos.

El pueblo estadounidense debe convencerse de que estos hechos de genocidio para nada tienen que ver con la «seguridad nacional de Estados Unidos», como pretenden justificar quienes los ordenan. 

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